In the mood for love

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Dos viejos conocidos, mujer y hombre, se reencuentran por un amigo en común. Cuando la mujer se separa del grupo, él le confiesa al amigo que ella le encanta. Cuando el hombre se levanta al baño, el amigo le cuenta todo a la mujer, y ella admite nunca haber pensado en el susodicho de ese modo, y que aunque “no le haría el fuchi”, tampoco piensa mover un solo dedo.

Pasan las horas, y unos drinks en un bar de mezcales se vuelven un “vamos a seguirla en mi casa” del amigo compartido, lo cual le compra tiempo al hombre que se siente atraído por la mujer, pero que no se atreve a dar un solo paso. En casa las condiciones cambian, porque ahora ellos tienen el control del estéreo —bueno, del iPod—, y todos empiezan a proponer temas buenos, malos, y clásicos de la fiesta.

Nada ocurre entre ese par, hasta que alguien tiene a bien poner “Mi historia de amor” de Villa Cariño, y se paran a bailar, y prende la chispa. A eso le siguen otras cumbias e incluso algunas canciones de banda, y es obvia la cercanía física que ello implica. Pero sólo después de algunas piezas compartidas, y cuando empieza a amanecer, se besan. Vaya, que sin la música tal vez nunca hubiera pasado nada.

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Todo esto me recuerda una noche, en que la casualidad me reunió en un automóvil en movimiento con un chico gótico, muy guapo y bastante peculiar. Mis amigos y yo lo conocimos en un bar y lo invitamos a seguir la fiesta en casa de alguien. Pero en ese trayecto, a mis 19 años, caí en cuenta del poder que tiene la música sobre nuestros instintos más animales.

Cuando la conductora puso “Closer” de Nine Inch Nails, el misterioso forastero pareció entrar en otro estado mental, y no se contuvo en comentar: “Perdón por lo que voy a decir, pero con esta canción quiero coger, y quiero ponerle, y quiero hacerlo, y quiero todo.” Parece que el “I wanna fuck you like an animal”, en voz de Trent Reznor, le calaba hondo a Dante. Y está bien. Seguramente todos tenemos una canción que nos acelera el pulso y nos hace imaginar todo tipo de fantasías, sólo que no nos atrevemos a decirlo en voz alta.

Pensándolo con más calma —y en voz baja—, algunos temas que tendrían el potencial de ponerme in the mood for love serían: “Fever” de Peggy Lee, una bomba de sensualidad que jamás roza lo vulgar; o “Glory Box” de Portishead, una melodía lenta adornada con guitarras eléctricas y la voz de Beth Gibbons que te hace derretir como mantequilla, entre varios otros.

Hay a quienes les gusta la gasolina, quienes quieren una mordidita, los que por debajo de la mesa acarician la rodilla, los que hacen propuestas indecentes, quienes se quedan despiertos para tener suerte, los que hacen de los deseos órdenes, quienes preguntan de frente: “¿quisieras andar conmigo?”, los que te leen la mente, los que saben hacer café como nadie, y así podríamos seguir por horas, porque cada quién siente diferente y todos buscamos algo distinto, para una noche, o para una vida.

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La magia de la música está en que no tienes que estar acompañado para que te lleve a todos estados mentales a través de sentimientos y sensaciones, de recuerdos y deseos. Esto se trata de gustos, y bueno, cuando encuentras a alguien que coincide aunque sea en algunos puntos, pueden suceder cosas nunca imaginadas —sí, tanto buenas, como malas.

 

 

 

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