Dancing with myself

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Hace un par de semanas estaba en un bar de la colonia Roma, el cual no brilla por su concurrencia fresi-hipster, pero compensa con la buena música que ofrece. Ese sábado había trabajado, como buena freelance, y para esas horas mi móvil se quedaba sin batería.  Busqué un enchufe y me senté cerca, sola, a esperar, mientras mis amigos bailaban al otro lado del lugar.
Se me acercó un late-treintón, nada feo, y me preguntó si quería bailar. Nunca bailo con extraños y la situación me incomoda mucho, pero esa noche dije: ¿por qué no? No pasaron ni dos minutos, cuando el individuo hizo una de las cosas que más me carga de bailar acompañada: me tomó de la mano y trató de hacerme dar una vuelta, como si estuviéramos pinches bailando merengue —cabe mencionar que en el club sonaba una selección bastante buena de house—. ¿Por qué a mí? 
Obviamente le dije que no me gustaba eso y más risa me dio que, en vez de irse de una, se quedó como dos minutos más bailando a un lado, y después me dio un “ahorita regreso” más falso que la cara de Kyle Jenner. Me sentí aliviada. Y por eso y más, prefiero bailar sola.
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