Cartagena

Típico escuchar «Cartagena» y pensar automáticamente en Colombia. Lo cierto es que a mí me pasaba lo mismo hasta por ahí del año 2010, cuando Dënver sacó el tema «Cartagena» y dio curiosidad saber de qué hablaban, o, mejor dicho, de dónde. Ahí supe que había una ciudad costera con ese nombre en Chile. También en ese momento supe que debía visitarla pronto, aunque no fue así hasta hace un par de semanas, cuando mis roomies organizaron una visita dominical. La motivación primordial del paseo no fue tanto el fin de semana largo, sino unas inquietas ganas de respirar aire limpio —en plena época de emergencia ambiental, producto de las bajas temperaturas y la sequía en Santiago.

Aquel domingo partimos temprano hacia el terminal de buses, cubiertos de pies a cabeza para sobrevivir a los vientos marinos y al frío húmedo de la estación. El pasaje nos costó 4 lucas y el bus se demoró solamente hora y media en llegar a nuestro destino, con su respectiva parada, en la que un caballero subió a vender empanaditas y dulces típicos repletos de manjar y cubiertos de azúcar —con los cuales dejamos un desastre digno de «Scarface».

Elegimos bajarnos en la plaza central, la cual, aunque pequeña y austera, tiene ese encanto provinciano. Eran eso de las 11 de la mañana y el pueblo se veía casi desierto, pero lo bueno es que el clima estaba fresco, había salido el sol y, lo mejor de todo, estábamos respirando aire limpio y con un aroma a sal que anticipaba la visión del océano. Nos apresuramos a andar por las calles empinadas y flanqueadas por casas antiguas, hasta que, en una esquina, pudimos avistar la playa.

Respirar aire limpio por fin y ver las olas romper con violencia en las rocas fue la sensación más liberadora de las últimas semanas. Perdí la cuenta de cuántos meses o años habían pasado sin que viera el mar. Entonces nos tomamos el tiempo de caminar y tomar fotografías de la Playa Chica, pasamos por el pequeño santuario dedicado a la Virgen de los Suspiros —que parece tener varios milagros en su haber—, y llegamos hasta la Playa Grande, donde la vista del horizonte era impactante.

A esas horas, rozando el medio día, había empezado a manifestarse el hambre, y si queríamos subir hasta el sepulcro de Huidobro antes de almuerzo, debíamos comer algo. Aparecieron en nuestro camino unas empanadas de jaiba-queso deliciosas, llenas de carne y a buen precio. Y una vez recuperadas las fuerzas, volvimos por la costanera hasta la casa de Vicente Huidobro por la calle que lleva el nombre del poeta. Anduvimos cerca de media hora por ese camino empinado, subiendo el cerro entre casas de cemento y madera, llenas de flores y de mascotas variadas que andaban sueltas por doquier. Así seguimos, hasta ver los letreros que indicaban que la casa-museo estaba cerca.

Huidobro siempre me pareció un personaje misterioso y muy interesante, gracias a las lecturas que llegaron a mí en una clase de Literatura en la universidad, entre las que destacaba Altazor y su inevitable caída. Por supuesto que de visitar Cartagena, era obligatorio visitar el que fuera su hogar y sitio de descanso eterno. Y la casa-museo no nos falló: conocimos más de la vida y obra de Huidobro, quien fue de verdad un genio multidisciplinario. Me fui de ese sitio enamorada de él y agradecida de poder visitar su tumba.

Después de eso, caminamos a paso rápido en busca de comida: moríamos de hambre. Y, como buenos turistas, entramos a un restaurante que nos recomendaron en la Playa Chica. Lamentablemente, fue una experiencia terrible: mal servicio, mala calidad, precios altos y dos de nuestros comensales nunca recibieron sus platos.

De cualquier modo, el viaje terminó como la aventura que fue desde el inicio, con una caminata que parecía eterna hasta el terminal de autobuses —que tuvieron a bien situar en las afueras de la ciudad, «para evitar el taco durante la temporada alta»—. Así nos despedimos de Cartagena, esperando el autobús al aire libre, bajo una noche estrellada, dos planetas brillantes a punto de tocarse, y una dosis más de esos dulces de manjar y azúcar que tanto alegran el alma.

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